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Coja a un recién nacido en brazos

De pronto, me ponen en los brazos a un recién nacido. No me lo esperaba, y recibo su cuerpecito caliente y tierno con mis brazos demasiado largos, que ahora me sobran por todas partes. Coger a un recién nacido no se parece a nada de lo que hago normalmente. Cuidado con la cabecita, pienso con cierto miedo y delicadeza desentrenada, mientras aparento soltura maternal antigua. Es importante sujetarle bien la cabecita, me digo, y procuro con disimulo que esos deditos miniatura no se me enreden en el pelo hasta las lágrimas, con ese problema silencioso que tenemos las gentes de pelo rizado con los bebés. Antes hemos visto como si tal cosa a la joven madre dándole el pecho, como sujetando el globo terráqueo ella sola a base de bebé amorrado, mientras nuestras conversaciones de cortesía sobrevolaban los tejados y nos pasábamos las patatas. Como si tener delante de nuestras narices a una mujer que ofrece su pecho a una criaturita que lo chupa y se nutre de un elixir que ella misma fabrica fuese un asunto baladí y no un prodigio natural.

Ahora el cachorro se retuerce entre mis brazos, frunce los labios, encoge la carita como un puño que se cierra, y dibuja una mueca que podría ser tanto el anuncio de un berrinche muy loco como el de un eructo o a saber. Su cuerpecito peso pluma está rígido y se contorsiona y es fundamental que no se me escurra. Es lógico que desconfiemos el uno del otro. Supongo que, por su parte, fundamentalmente me olfatea. También de mí se ha apoderado su olor. Su mirada parece aún envuelta en el mundo de las aguas, con ese aire misterioso de animal acuático que tiene el cachorro humano recién salido del líquido amniótico. Esas primeras semanas en que parecen peces. O ancianos que podrían leer nuestro futuro en una bola de cristal, en el fondo del mar. Su cuerpecito se va aban­donando al mío. Tener a un recién nacido entre los brazos puede que sea exactamente lo contrario de todo lo que hago, veo, digo, oigo o hasta pienso normalmente. Quizás podría estar prescrito en general: coja a un recién nacido en brazos cada martes. Espero estar sujetándole bien la cabecita, equilibrando sus fuerzas y las mías, y busco la aprobación de los ojos negros de la joven madre que no parece inquieta. De hecho, me ha entregado a la criatura con una confianza pasmosa. Se ha levantado de su silla con una sonrisa de ­belleza antigua, mirándome con la complicidad secreta y milenaria de las hembras, y la ha depositado en mi regazo. Y a mí se me ha parado el mundo.