Otro “Visca Espanya”

Se diría que los partidos de la oposición, en el Congreso recién constituido, pretenden confrontarnos al dilema de elegir entre dos conceptos antitéticos de España: la España unida, con una organización territorial más centralizada, en la que la unidad se logra más por sumisión de los súbditos que por convicción de los ciudadanos, enfrentada a una España rota, hecha de reinos de taifas sin vínculo alguno entre sí. Por fortuna se trata, como casi siempre en la vida real, de un falso dilema, provocado por un innecesario extremismo. Hay formas de alcanzar una España unida de verdad, es decir, sin recurrir a la coacción. Una España en tensión permanente, como lo están todas las cosas vivas. Hay más de una forma de dar vivas a España.

En “Visca Espanya!!”, un artículo publicado el 5 de mayo de 1908, Joan Maragall proponía unas bases sobre las que debería asentarse una España sólidamente unida. Unas pocas palabras bastan para describirlas: “Viva España”, escribía, quiere decir “que España viva, que los pueblos se alcen y se muevan, que hablen por sí mismos, que se gobiernen y gobiernen”. Maragall habla de Catalunya, pero también “de Valencia, de Aragón, de Vasconia y de Andalucía”. No habla de in­dependencia; pide “la libertad de los pueblos de España, para que todos juntos rehagan una España viva, que se gobierne libremente a sí misma”. La propuesta de Maragall no va contra España: “Los únicos que no caben en ella son aquellos que no quieren, los enemigos de la España verdadera”. Así, Maragall se identifica con una idea central del catalanismo: la de unir fuerzas, no para ir contra España, sino para regenerar una España querida, pero en algunos aspectos osificada.

Plasmar el concepto de España que imaginó Joan Maragall es difícil, pero los beneficios serían enormes

Maragall imagina una España “agarrotada por los lazos de un uniformismo que es contrario a su naturaleza” con un centro que “se arrastra por los callejones provincianos del caciquismo” y pesa como una losa sobre una periferia más viva y, al menos en parte, más desarrollada económicamente. Su combate es por una España verdadera contra “la falsificación de España”. Y es que España, en su tradición común, no sólo es diversa, sino que ha dado formas de autogobierno que en algunos casos aún perduran, en todo o en parte. Son los fueros, es el derecho civil catalán, previo a muchos regímenes políticos a los que ha sobrevivido. Es el reconocimiento preconstitucional del autogobierno de Catalunya, en la República con Macià, y en la monarquía constitucional con Tarradellas. Quien no sepa unir todo esto, todo, y no sólo la parte que le conviene por ajustarse a su ideología, ese no asume España.

Pasado más de un siglo desde el escrito de Maragall, no cabe duda de que en muchos aspectos importantes la España de hoy es mejor de lo que fue la suya. La disparidad centro-periferia es menor, y Madrid se ha convertido en un gran motor, si bien existe el riesgo de que ese motor actúe como una aspiradora y culmine con la España vaciada. Nuestras instituciones democráticas son de mejor calidad. La Constitución de 1978, con el Estado de las autonomías, y la sociedad española que la aprobó, son testimonio de un gran progreso, precisamente en el sentido deseado por Maragall, el del reconocimiento de la realidad y tradición españolas. Pero su propuesta se está viendo traicionada –un término hoy muy de moda– desde dos extremos: la traiciona el independentismo, cuando, al no saber explotar adecuadamente todas las posibilidades del Estado de las autonomías, en lugar de reconocer su incapacidad o quizá por una impaciencia fuera de lugar, da por imposible la reforma de la política española, y prefiere, como se dice, romper España. La traicionan también los que se llaman a sí mismos constitucionalistas, que se ven incapaces de gobernar el Estado de las autonomías surgido de la Constitución, y prefieren ahogarlo. Si unos persiguen una imposibilidad, los otros proponen una utopía. Y es posible que terminen traicionándola también aquellos que, disfrazados de servidores del proyecto, hablan pero no actúan, temerosos quizá de las dificultades del proyecto, y acaban enmascarando su inmovilidad con palabras de progreso.

Maragall no propone un modelo político, no habla de federaciones ni de autonomías, pero sus vivas van dirigidos a una España posible. No hay que ser ingenuo: plasmar el concepto de España que imagina en un bosquejo de reparto de poderes; traducirlo a un esquema de ordenación territorial, y, más aún, dotar esa armazón de una práctica que respete sus reglas es una tarea dificilísima; pero los beneficios potenciales son enormes, y el sistema surgido de la Constitución de 1978 es un paso histórico en el buen sentido. Maragall se concentra en describir lo esencial, el espíritu que debería presidir a la construcción de “la verdadera España”. Podemos resumirlo parafraseando un consejo que algunos atribuyen a san Agustín: “En lo necesario, unidad; en lo dudoso, libertad; en todo, lealtad”.