Compañeros de viaje

Aún están a tiempo de ir a la Luna por la cara. Hoy es el último día para inscribirse en la página en la que un millonario japonés busca compañera para un viaje espacial y, si la cosa va bien, para la vida terrestre. Uno de los requisitos, eso sí, es pertenecer al sexo femenino, pero tal como están las cosas igual eso también es ne­gociable.

Elegir a un compañero de viaje es algo muy serio, se trate de unas vacaciones o de una campaña política. Ahí tenemos sin ir más lejos lo mal que le ha sentado electoralmente a un partido que se dice de centro fotografiarse con otro de extrema ­derecha, ni que fuera la puntita; o al expresidente de la Generalitat, a quien le deben estar repitiendo los mejillones flamencos, que en el menú verde de Estrasburgo no se consideran alimentos saludables; incluso una de las recientes sesiones de investidura en el Congreso coincidió con la emisión al mismo tiempo en varias cadenas de televisión de películas de catástrofes, por lo que más de uno ha visto en las alianzasvotacionales el cumplimiento de La profecía . Igual andaba por el control de mandos Rupert Mordor.

Algunas personas nacen con el ADN de una mosca cojonera y lo descubres ya tarde

Decía Mark Twain que la mejor manera de saber si amas u odias a alguien es irte de viaje con él, o ella. Es absolutamente cierto, algunas personas nacieron con el ADN de una mosca cojonera, y eso no se descubre hasta que abres el envoltorio de jabón del hotel. Imaginen si eso sucede a chiquicientos mil kilómetros de la Tierra. Nuestro millonario podría irse solo a las alturas, bueno, con el servicio, pero como el dinero no da la felicidad, algo sobre lo que la mayoría no podemos opinar porque no lo tenemos, decimos que como se trata de un alma sensible manifiesta experimentar un vacío existencial y pretende llenarlo con otra alma gemela. Bien, pero no entendemos por qué para llenar el vacío se va justamente al vacío pero el de verdad, que allá arriba es lo que hay.

La compañía, como la felicidad, está muy sobrevalorada, y ya lo dice el refrán, que mejor sola que mal acompañada. Recuerdo a una co­nocida que a la vuelta de un viaje iba repitiendo un mantra bastante espeluznante y a todas luces exagerado: “Virgencita, que nos la peguemos, que me mate yo pero también ellas”. Se refería a las supuestas amigas con las que el camino de ­Santiago se había convertido en el descenso a los infiernos de Dante. Nunca quedaron para ver las fotos del viaje.