Historia de dos ciudades

El cambio de año es siempre tiempo propicio para la reflexión. Incluso en arcanos como los de la ultraexpansiva política monetaria, donde estas semanas se ha cuestionado su continuidad, tanto por la reducción de beneficios efectivos como por el aumento de costes potenciales (burbujas financieras o inmobiliarias, supervivencia de empresas zombi, menor rentabilidad bancaria o problemas en las aseguradoras).

Rompió el fuego el gobernador del Banco de Inglaterra, Mark Carney, destacando la notable reducción del margen de maniobra de la banca central operado los últimos años. Y ello porque poco puede añadirse a tipos de interés muy reducidos, a los anuncios que se mantendrán así durante años o a las compras de activos para deprimir el coste del capital. Igualmente, los exgobernadores Margaret Yellen y Ben Bernanke han insistido en las dificultades que se otean para la Fed y, por ello, han demandado mayor intervencionismo fiscal en EE.UU. (por ejemplo, en forma de reforzamiento del subsidio de desempleo para mantener rentas en caso de recesión). Críticas en parte similares a
las formuladas por el presidente del Bundesbank, Jens Weidmann, y sus colegas de otros países de la eurozona que, ya el pasado septiembre, hicieron pública su oposición a mantener la actual política de tipos de interés y la reanudación del programa de compras de activos del BCE.

Las necesarias e inevitables reformas estructurales no dependen de Frankfurt, sino del Gobierno de Madrid

Más allá de lo inmediato, la caída de los tipos de interés de largo plazo refleja tanto el aumento del ahorro (en parte, vinculado a cambios demográficos) como la reducción del crecimiento de la productividad. Y poco puede hacer la política monetaria para mejorar las bases del aumento de esta última, es decir, demografía, empleo, actividad, formación, innovación e infraestructuras. Por ello no sorprende que el presidente de la Fed, Jay Powell, señale la conveniencia de que la política fiscal intervenga para mejorar la formación de la mano de obra o para elevar la tasa de actividad femenina.

Para Madrid o Barcelona, ¿qué importa este debate sobre los límites de la política monetaria y el deseable sesgo hacia la fiscal? Como país muy endeudado, desde el 2011 Frankfurt nos ha mantenido abierto un enorme ventanal de oportunidad. Y es bien cierto que lo hemos aprovechado, reduciendo drásticamente el endeudamiento privado. No así el público, asunto no menor cuando se exige mayor protagonismo para la política fiscal, por la limitada capacidad de la monetaria para combatir la próxima recesión y porque, además, no es el instrumento para aumentar el crecimiento de largo plazo. Por ello, ambos aspectos apuntan a necesarias, e inevitables, reformas estructurales que deberían permitir elevar el avance de la productividad y poner en orden las finanzas públicas. Tareas, como pueden ver, que no dependen de Frankfurt, sino de Madrid. El nuevo Gobierno tiene trabajo. Mucho trabajo.