El don de hacer maletas

Hay libros que te inspiran como lector y como escritor. Es el caso de Si esta calle fuera mía (Ed. Entre Ambos), de Stefanie Kremser. Siguiendo la idea de ordenar tu propia biografía a partir de las casas en las que has vivido (un poco en la línea de Paul Auster en Diario de invierno ), Kremser se adentra en una selva de recuerdos que, a medida que se vuelve espesa, se hace más luminosa y profunda. Cinco países y veinticinco direcciones (Barcelona incluida) le dan al libro una estructura felizmente invertebrada que tiene la valentía de analizar las raíces del desarraigo y cómo las circunstancias marcan la identidad de los que no siguen la convención –o el privilegio– de vivir donde han nacido. Las etapas, alternadas por capas como en una especie de lasaña, pasan por Brasil, Bolivia, Alemania, EE.UU. y Catalunya.

No es un catálogo de episodios encadenados cronológicamente sino que el libro contiene hilos invisibles que avanzan y retroceden con un propósito literario. Eso crea una corriente de estímulos que, por decirlo a la manera de las solapas, atrapan al lector. Tampoco se explota la adrenalina de ninguna intriga de laboratorio sino de una vida que resulta interesante no porque pretenda serlo sino porque se afirma desde una proximidad que facilita el tipo de identificación que te transforma en figurante de la historia. Cuidado: para según qué escritores, tener una vida tan interesante puede ser una carga y Kremser sabe resolver esta contradicción.

El libro de Stefanie Kremser pasa por Brasil, EE.UU., Alemania, Bolivia y Catalunya

Informe sobre mi entusiasmo: me compré el libro a las once de la mañana, lo empecé a las doce y lo acabé a las seis de la tarde. No comí. Subrayé frases sobre los peligros fraternales de las mentiras y los recuerdos y el párrafo de una declaración de amor (no azucarada) a la Barcelona del turismo y los desahucios. Puse puntos de exclamación pre-emoticónicos allí donde surge un giro existencial que tiene la alta tensión argumental de una revelación de melodrama, tan bien contada que tienes que volver a leerlo dos o tres veces para saborear los matices. Mientras leía, conteniéndome para que el entusiasmo no me propulsara a correr demasiado, pensaba en los libros de la gran Dubravka Ugresic. No es una referencia comparativa sino de parentesco, de saber contar los detalles del nomadismo de circunstancias a través del filtro del humanismo, la exigencia literaria y la propia –a veces dolorosa– educación sentimental. Sin darse importancia, Kremser propone un bazar de emociones que no rehúye la sensualidad y deconstruye las trampas de la memoria con delicadeza, valentía y gratitud. Explica la dificultad de adaptarse a un modelo de vida en el que no se admiten ni la estabilidad ni las certezas. Un modelo de vida en el que, para sobrevivir, debes aprender a encontrar el equilibrio entre la arbitraria realidad del olvido y la necesidad del recuerdo.